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Sus restos descansan en expléndido mausoleo
ubicado frente a la tumba de Joselito el Gallo, en el cementerio
de San Fernando de Sevilla.
MORÍA EL MATADOR DE TOROS... NACÍA LA LEYENDA.
Crónica de una tragedia
(información sacada del diario de Sevilla)
FRANCISCO JAVIER DOMÍNGUEZ
diario
de Sevilla
Lo que ocurrió en Pozoblanco aquel 26 de septiembre de 1984
pertenece a la leyenda. Una leyenda que ha crecido en torno a las
múltiples preguntas que dejó en el aire aquel suceso.
¿Y si la cornada se hubiera producido en otro lugar? ¿Cómo
fue la intervención del equipo médico? ¿Estaba
en condiciones aquella enfermería? ¿Qué papel
jugó la carretera? ¿Por qué estaba el torero
tan confiado y tan decidido en su última corrida y en una
plaza que entonces apenas tenía relevancia en el panorama
taurino?, estos interrogantes no tienen respuesta. Ni la tendrán,
pues todo lo que rodea a la tragedia de Paquirri forma parte del
mito que el propio torero acuñó dejándose la
vida en las astas de un torucho chico y en una plaza de tercera,
como le ocurrió a Sánchez Mejías, Manolete
o Joselito.
Logroño. Paquirri y El Soro comparten cartel con una corrida
de toros de Buendía. Al diestro de Barbate le separaban 750
kilómetros de su trágico destino. El mes de septiembre
es uno de los más intensos para los toreros. Los festejos,
para las figuras, se suceden día a día y se convierten
en una rutina. Sólo son conscientes de las tardes de más
responsabilidad, que se alternan con las de los pueblos. No habían
pasado las 21.30 cuando el BMW de Paquirri, junto con los coches
de su cuadrilla, partía desde la capital riojana hacia Los
Pedroches. Tenía por delante la última corrida de
la temporada, la última de su vida.
Pozoblanco estaba en fiestas. La avenida Villanueva de Córdoba,
donde se encuentra el
hotel Los Godos
,
estaba desierta a las 04.20 del 26 de septiembre. La feria se instala
cada año en el otro extremo de la ciudad vallesana. En el
lujoso automóvil de Paquirri viajaban el torero, su hermano
Antonio, que conducía, y el apoderado de Francisco Rivera,
Juan Carlos Beca Belmonte.
Los Godos era por entonces el
único hotel de Pozoblanco
. Regentado por la familia
Jurado, contaba con un buen número de habitaciones, amplia
cafetería, discoteca y una generosa fachada que daba vistas
a las vías más importantes del municipio. El infortunado
diestro reservó la 307, habitación cómoda y
tranquila, en la que se había alojado el año anterior
para participar en la triunfal corrida de Carlos Núñez.
Paquirri, según consta en el registro del hotel, firmó
la consigna de su puño y letra. Pidió que no le molestaran
y se acostó. Además, su tío y mozo de espadas,
Ramón Alvarado, pidió otras diez habitaciones para
la cuadrilla y el equipo del torero. En una hora, el diestro de
Barbate dormía plácidamente.
El sorteo de las corridas de toros se celebra, si no hay contratiempos
con el ganado, a las 12.00. Los antiguos corrales de la plaza de
Los Llanos eran incómodos y apenas cumplían con los
requisitos mínimos de seguridad. Sus paredes, de granito
y mortero de cal, no sobrepasaban los tres metros. Entrando por
el patio de caballos había dos grandes cerrados para el reconocimiento,
donde las cuadrillas enlotaban los toros para el sorteo. De ahí
se pasaban, por una manga, a los chiqueros, no sin antes bajar por
un angosto cerrado con el suelo de tierra. Cada encierro era una
aventura para los vaqueros. Hoy, después de la remodelación
de la plaza, llevada a cabo en el año 2001, la cosa ha cambiado
para bien. Mientras la cuadrilla de Paquirri estaba en el sorteo,
el torero bajó al comedor. Nadie le avisó ni le llamó.
José Cubero El Yiyo ya estaba en el hotel con su cuadrilla.
A las 12.30, comían en el amplio salón del hotel.
El barbateño habló con ellos y pidió él
mismo la reserva de las mesas para nueve comensales. "No nos
gusta Avispado", dijeron los banderilleros que habían
presenciado el sorteo, entre ellos el popular Rafael Corbelle. Esa
misma tarde, a la hora de la comida, todos los comentarios negativos
para la corrida de Sayalero los acaparó el número
9 de la camada de Sayalero y Bandrés. "Es un toro chico,
pero tiene mucha cara". Este tipo de reses no gustan a los
toreros por su movilidad y el peligro de sus astas. Son incómodos.
Se prefieren más kilos y menos agresividad por delante. Avispado
estaba empellejao –término con el que se define a los
toros chicos con pocas carnes–. Además, ya por la mañana,
según declaró después Corbelle, las cuadrillas
hablaron de "la cara de asesino que tenía Avispado".
Por si fuera poco, el toro se salía del conjunto de los demás,
desigualaba los lotes. Ante el pesimismo de sus hombres, en la mesa
del comedor del hotel, Paquirri aseveró: "Es igual,
hay que matarlos a todos".
Antonio
Jurado, uno de los propietarios del hotel, ofreció a Paquirri
sopa, pero el torero respondió que sólo comería
una tortilla francesa bien hecha y flan. Bebió agua mineral.
Los demás componentes de la troupe de Rivera, una media botella
de Valdepeñas con Casera. Una vez almorzó, se subió
a la habitación para descansar. A partir de este momento
comienzan las peores horas de los toreros. La mayoría no
duermen aunque se echen en la cama, tienen pesadillas, el miedo
se los come. Antes de vestirse había llamado a Isabel Pantoja
varias veces. Las llamadas están registradas en el hotel.
No pudo hablar con ella porque ella estaba durmiendo y su madre,
que fue quien contestó a Paquirri, no quiso despertarla.
Fue el mismo torero el que insistió en que la dejaran descansar.
Ramón Alvarado, el mozo de espadas, espera en el coche de
cuadrillas. Paquirri, que se entretuvo llamando a Sevilla, tomó
un café con leche mientras se vestía de torero y bajó
de forma apresurada. Se les había echado la hora encima.
A esa alturas de la tarde, los tendidos de la plaza de toros estaban
ya hasta la bandera. Gentes de Pozoblanco, de la comarca, de Sevilla
y de las provincias limítrofes –Badajoz y Ciudad Real–
abarrotaban el graderío, por entonces sin numerar, del vetusto
edificio de Los Llanos. A las 17.30, el torero de Barbate subió
al coche de cuadrillas y a las 18.00 hacía el paseo junto
a El Yiyo y El Soro. El ambiente era inmejorable. Todo parecía
predispuesto para una gran tarde de toros, pero los buenos augurios
se convirtieron en tragedia.
Paquirri, en Los Llanos. El patio de caballos de la plaza, antes
de su remodelación, siempre se convertía en maremágnum
de toreros, aficionados, mulilleros, carniceros y médicos.
Todo el batiburrillo de personal se acercaba a los toreros cuando
llegaban. Los aledaños de la plaza se colapsaban de tráfico.
La gente hacía cola en los dos únicos accesos a la
plaza que existían entonces. La enfermería compartía
ubicación con la improvisada capilla. Paradojas de la vida.
Luego, ni los santos ni el instrumental de aquella sala pudieron
salvar la vida del torero. La estancia estaba compuesta por dos
habitáculos: uno que hacía las veces de quirófano
y el otro de habitación para convalecientes. Tenía
dos camas y un calendario de publicidad ilustrado con el Cristo
de las Injurias de Hinojosa del Duque. Nada más llegar, Paquirri
se confesó –algo inusual en día de corrida–
con el capellán de la plaza, Manuel Moreno Árias,
párroco de San Bartolomé.
El paseíllo se realizó entre el delirio de los espectadores.
Pozoblanco estaba en fiestas y la corrida de feria, que antes sólo
se organizaba una, era uno de los acontecimientos del año
en la ciudad, un lugar que ha evolucionado a pasos agigantados desde
entonces. Acabado el paseo saltó a la arena el primer toro
de Paquirri, Mosquetero. Animal incómodo, el torero de Barbate
lo pasó como pudo en la muleta, pero la res cabeceaba y no
se desplazaba. Se derrumbó un par de veces por su falta de
fuerzas. El Yiyo y el Soro estuvieron muy bien en el segundo y el
tercero. Agradaron por su juventud y soltura. El Yiyo demostró
el buen momento que atravesaba y el valenciano armó un verdadero
lío en banderillas. Paquirri, todo pundonor, no quería
dejarse ganar la pelea y, pese a que ya venía de vuelta en
la profesión, salió a jugársela en el cuarto.
Avispado salta al ruedo. Le costó salir del chiquero. Arturo
Luna relata en su obra acerca de la tragedia que el toro recorrió
la manga de toriles arriba y abajo sin encontrar la salida. Se pegó
incluso contra las paredes. En Pozoblanco, ciudad ganadera, siempre
gustaron las corridas bien presentadas. Sin embargo, la Fiesta,
hoy, cuenta con una ley que nadie puede saltarse. Si se quieren
figuras, nada de toros con trapío. Y menos en una plaza de
pueblo. Eso es así. Por eso, en 1984 el público aceptaba
que "ese becerro" se lidiará en Los Llanos. Paquirri
lanceó de recibo mirando al tendido, algo inusual. Cuando
acabó la tanda de verónicas, entre aplausos, el toro
se fue en dirección al burladero de toriles, ocupado por
el bueno de Rafael Torres, matador de toros y banderillero de la
cuadrilla del infortunado torero.
De lejos, Rivera llamó al toro y éste se le coló,
en lo que pareció un delantal, por el pitón derecho.
En el tercer lance, Avispado volvió a avisar y en el cuarto
izó a Paquirri por los aires. Los segundos se hicieron interminables.
El torero se agarró al pitón del toro que, en cada
uno de sus cabezazos, penetraba hasta lo más hondo de la
humanidad de Paquirri. Nadie sabe precisar cuántos segundos
mantuvo Paquirri su trágica danza. Más de 15 segundos,
seguro. Las cuadrillas se echaron sobre la cabeza del toro, se la
jugaron, pero el torero no se soltaba. En esos momentos, además,
perdía sangre a borbotones. Para colmo, cuando el diestro
cayó al suelo, los banderilleros que le llevaban a la enfermería
se equivocaron de puerta y tuvieron que dar un rodeo hasta llegar
a la mesa de operaciones.
La
llegada a la enfermería, entre nervios, se hizo entre los
aplausos del público. Paquirri oía su última
ovación mientras el toro recorría el albero con la
cara y el pitón llenos de sangre. Algunos espectadores se
marearon. Las camillas corrían por el tendido para prestarles
auxilio. Al tiempo, el torero estaba ya en una enfermería.
Las imágenes de los consejos de Paquirri a los médicos
dieron la vuelta al mundo. "Doctor, la corná es fuerte;
tiene al menos dos trayectorias. Abra todo lo que tenga que abrir".
Después tranquilizó. El corresponsal de Televisión
Española en Córdoba, Antonio Salmoral, entró
con su cámara en la enfermería. Aprovechó la
bulla del principio. El documento es escalofriante. Durante esta
primera cura de urgencia surgen las dudas. Beca Belmonte llama a
Ramón Vila, cirujano jefe de La Maestranza de Sevilla y amigo
del diestro, quien inmediatamente se pone en camino para Córdoba.
La hemorragia, según los médicos en su día,
se cohibió.
Se decide el traslado a Córdoba. La carretera es sinuosa.
En la ambulancia viajaban, además del torero, el doctor Funes,
el mozo de espadas, Alvarado, y el conductor del vehículo,
Francisco Rossi. Tardaron 60 minutos por un trayecto en el que el
resto de mortales, por aquellas fechas, se movía en márgenes
de hora y media. Rossi se la jugo, pero a la altura de La Alegría
de la Sierra, el torero se ahogaba.
La ambulancia para en la carretera. Paquirri nota que se muere.
A su apoderado se le escapó un "que se nos va".
Pero volvió en sí tras una reanimación. Reina
Sofía quedaba muy lejos. Había que atravesar Córdoba.
La solución era el hospital militar, a la entrada de la carretera
de Badajoz. Pero allí, tras una reanimación, los médicos
sólo pudieron certificar la muerte del torero. Eran las 21.10.
Paquirri había perdido la batalla en la carretera.
Se produce la notificación oficial de la muerte del torero.
Pasadas las 22.00, Isabel Pantoja llega al hospital y pide que le
abran la capilla. No le dijeron que había muerto. Sólo
que estaba grave. Instantes después, las monjas y los médicos
le dijeron que a su marido lo había matado un toro. La tonadillera
mantuvo la entereza, pero luego se derrumbó, según
testigos presenciales.
El juez certifica el levantamiento del cadáver mientras
un centenar de curiosos y de gentes del mundo del toro se acerca
a las puertas para conocer el triste desenlace. Las emisoras comenzaron
a dar la noticia, las rotativas de los periódicos de tirada
nacional y provincial se pararon. Francisco Montesdeoca daba la
noticia en una edición especial del Telediario. A esa hora,
en Pozoblanco también se conocía la noticia. La Feria
de las Mercedes se suspendió. Al día siguiente, 27
de septiembre, incluso llovió. Los teatros, cines y cacharritos
de los niños levantaron el campamento. La novillada en la
que iba a actuar Manuel Díaz, entonces Manolo, hoy El Cordobés,
se suspendió. Pozoblanco saltó a la primera plana
de la información, pero la muerte de Paquirri perjudicó
a la imagen de la ciudad vallesana tanto que en menos de una semana
se convocó una manifestación para reivindicar la dignidad
de los vecinos.
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